Estaba arrodillado enfrente de uno de esos bancos de rejilla negra que hay en el vestíbulo verde pastel de mi facultad.
Con movimientos aprendidos montaba a toda velocidad los sandwiches de pan integral multicereales y lonchas gruesas de queso, de esas con agujeros, de esas más consistentes que un mero tranchete. Curioso, lonchas así nunca han pasado por mis manos.
Me levanté con toda la prisa del mundo temiendo que alguien me pudiera ver trabajando y al instante me di cuenta de que me habían descubierto: en el banco de al lado había una chica que me miraba, que me había estado mirando.
Ella era Brígida, abrigadísima como siempre, y aquel mediodía yo era el protagonista de mi primerúltima novela.
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