dilluns, 1 de març del 2010

X - El jabalí que era salchichas

Me dirigía al piso de mi abuela, de eso estaba seguro, pero no recordaba ni recuerdo haber estado nunca en un sitio como aquél: accedí por una escalera minúscula, no iluminada, y a través de una puerta con ventanas de cristal muy grueso que filtraban la luz del otro lado.

Una vez en el otro lado (al que accedí sin mediar con cerradura alguna), me di cuenta de que estaba en la habitación del piano, la habitación del tocadiscos, de la consola, del sofá años ha, de la alfombra de piel de vaca. Desde luego, era el piso de mi abuela.

Mi novia llegaría de un momento a otro, así que debía darme prisa: pasé a la cocina, que está al lado, y me encontré con mi padre. Le dije que aquél domingo íbamos a ser uno más en la mesa, que venía ella. Me respondió con un "Perfecto: la abuela ha hecho jabalí para comer".

Cuando me di la vuelta, satisfecho con mi victoria, me topé con una olorosa olla destapada que mostraba cinco largas salchichas de frankfurt (tan largas como medio metro, o casi). Volví a dirigir la mirada a mi padre, que me respondió con un "No son tan grandes como parece".

Me desperté en mi habitación, junto a mi novia, pero con la cama enfrente del armario blanco (normalmente está al lado de dicho armario). Creo que escuché sonar el piano de casa de mi abuela.

Me volví a despertar.




dimecres, 13 de gener del 2010

VIIII - Soledad interestelar

Aún no toca, pero ya estoy cenando con Juan (al que nunca he llamado Juan) y, supongo, con el resto de mis ex-compañeros de clase. La cena ocurre sin demasiados detalles, pero queda cortada por movimientos sísmicos y chirridos producidos por toneladas de metal y hormigón. Cuando salimos del restaurante confirmo que al final quedamos en Granollers, algo totalmente insólito.

El restaurante está en la calle que yo suelo concebir como la de Brígida, la calle que no es la de Brígida.

Ese ruido de grandes cuerpos artificiales desplazándose por el cielo nocturno ya lo he vivido; me lo creo.

No estoy seguro si llego a ver a los Morenos cuando se despiden y separan de nosotros o realmente nunca llego a confirmar si cenaron esa noche con nosotros o no... la cuestión es que acabo con Juan en un coche de forma triangular (el conductor y el copiloto se sientan en la parte de atrás, la parte frontal o morro se va estrechando hasta formar una punta, y es ahí dónde se sentarían los cuatro o seis pasajeros, mirando hacia los laterales). Creo que es verde brillante, pero no estoy muy seguro.

Entre el estrépito tan solo logramos avanzar dos manzanas. Algo realmente voluminoso y en llamas se derrumba sobre nosotros y pierdo de vista a Juan y al coche. Sorprendentemente ya estoy en mi calle, a pie, y están ahí Jack y Asesora.

Asesora, muy entendida en temas extraterrestres, nos aconseja ser prudentes, hacernos las estatuas y, sobretodo, no provocar AL SER ANTROPOMORFO, CABEZÓN Y VESTIDO DE COLORES CHILLONES QUE ACABA DE SALIR DE ESE ALGO REALMENTE VOLUMINOSO Y EN LLAMAS QUE SE DERRUMBÓ SOBRE EL COCHE.

Sé que pertenece a la raza de los Aurelianos y que no debería hacer lo que estoy a punto de hacer, pero acabo cediendo y, en primera persona, vacío todo un cargador de mi pistola sobre la tuberosa cabeza del extraterrestre.