Me dirigía al piso de mi abuela, de eso estaba seguro, pero no recordaba ni recuerdo haber estado nunca en un sitio como aquél: accedí por una escalera minúscula, no iluminada, y a través de una puerta con ventanas de cristal muy grueso que filtraban la luz del otro lado.
Una vez en el otro lado (al que accedí sin mediar con cerradura alguna), me di cuenta de que estaba en la habitación del piano, la habitación del tocadiscos, de la consola, del sofá años ha, de la alfombra de piel de vaca. Desde luego, era el piso de mi abuela.
Mi novia llegaría de un momento a otro, así que debía darme prisa: pasé a la cocina, que está al lado, y me encontré con mi padre. Le dije que aquél domingo íbamos a ser uno más en la mesa, que venía ella. Me respondió con un "Perfecto: la abuela ha hecho jabalí para comer".
Cuando me di la vuelta, satisfecho con mi victoria, me topé con una olorosa olla destapada que mostraba cinco largas salchichas de frankfurt (tan largas como medio metro, o casi). Volví a dirigir la mirada a mi padre, que me respondió con un "No son tan grandes como parece".
Me desperté en mi habitación, junto a mi novia, pero con la cama enfrente del armario blanco (normalmente está al lado de dicho armario). Creo que escuché sonar el piano de casa de mi abuela.
Me volví a despertar.
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