divendres, 14 de novembre del 2008

V - Gilipollas

En el autobús de la mañana, camino a la universidad, leía Billy Budd, marinero. Estaba suficientemente absorto con la lectura como para asimilar y relacionar cada una de las palabras pero no tanto como para obviar lo que se murmuraba a mi alrededor.

Había a mi lado un chico que vestía de sport, creo recordar que incluso llevaba una de esas fabulosas cintas en la frente para que el sudor no chorree hasta la cara, tenía el pelo larguito y a todas luces se llamaba Gilipollas.


De vez en cuando se giraba para hacer algún brillante comentario con su compañero invisible (para mí, espero que no para él) sentado detrás suyo. Yo hacía que no le escuchaba.

Cuando llegamos a nuestro común destino, me levanté y lo cogí por el cuello. No hice fuerza, tan solo le pellizque un poco, pero rápidamente aparté mis manos para adoptar una postura más civilizada. Empezaron a ocurrir muchas cosas, a oírse muchas voces y a cruzarse muchas miradas.

"¿Qué has dicho?".

"Nada...".

Mentía.

"Mientes, y mentir no está bien".

Automáticamente me desperté, como si me hubieran vaciado una taza de café caliente en la cara. Yo seguía intentando enderezar al graciosillo, cuando no lo amenazaba. Con sorprendente facilidad, pasé de pacifismo a violencia y viceversa casi tantas veces como palabras pronuncié.

dimecres, 5 de novembre del 2008

IV - Gnocchi chillones

Estábamos en mi casa, junto a la cama donde suelo dormir últimamente. Había muchas caras conocidas, aunque solo eramos tres, contándome a mí.

Recuerdo a Miqui, a T., a P., a Chiqui, ... También vi a un argentino y a un chico que llevaba la cabeza rapada, muy delgado, algo bajito.

Estábamos boquiabiertos, asomados al pequeño cuarto de baño que hay en la habitación de mis padres. La iluminación era perfecta, juraría que diurna, pero estoy seguro de que era de noche. Había algo que no acababa de cuadrarnos ahí adentro, y por eso no podíamos despegarnos del marco de la puerta, asombrados como estábamos.

Di un paso adelante, pero rápidamente retrocedí: a un costado del inodoro, en la brecha dejada por algún tipo de cobertor perdido (que dejaba entrever un extraño cableado), dos pulgones blancos, hinchados y palpitantes como enormes pústulas, se arrastraban.

Mis dos compañeros, en ese momento con las caras de P. y de Miqui, me miraron extrañados. Les señalé los dos asquerosos insectos reptantes y entendieron el porqué de mi reacción. Miqui aseguró haber visto algo parecido en alguna parte, en algún documental, en la televisión:

"Hacían telas de araña más en tres dimensiones que en plano, a diferencia de la mayoría de arañas. En el centro de estas redes esféricas dejaban una excreción rojiza que, según decía el narrador, era extremadamente dulce y suculenta. Los insectos y pequeños animales que se aventuraban en la maraña de telas para conseguir el trofeo quedaban atrapados y, como ocurre en las telas de araña, eran devorados. Mientras estos insectos se comían a su presa, no dejaban de chillar. Era realmente extraño, comían y chillaban."

Mi madre, o mi padre, nos llamó para cenar. Habían venido el padre del argentino y el padre del chico rapado (que, por cierto, era gris). Yo pedí un insecticida a mi madre, pero no me escuchó. De todos modos, pronto me olvidé de los insectos: para cenar había gnocchi, mi plato de pasta favorito.

Gnocchi hinchados y palpitantes como enormes pústulas.

dissabte, 25 d’octubre del 2008

III - Discografía fragmentaria

Tan solo recuerdo que me reuní con el Viajero de Medianoche, nuevamente, y que llevaba conmigo nuestro disco (enfundado en una cruda y bonita cartulina blanquigrana).

Nos acercamos el uno al otro, tan solo vi su brazo cubierto de fino y bello semiinvisible, suave al tacto, que me extendía cuatro presentes:

  1. Un dosier con toda la información referente a su grupo. No lo abro. No lo miro. Lo siento.
  2. Un vinilo (por su tamaño, juzgo que es un 7 pulgadas) en una funda color crema. Pone "Midnite" con letras que recuerdan a las de Coca-Cola.
  3. Un CD, creo recordar que de con una portada azul oscuro. Es el disco que sacaron con su antiguo cantante.
  4. Un último CD, con su característica portada granate y el retrato de los cuatro componentes del grupo. De todos los presentes, es el único que existe en el mundo real (si es que es más real la vigilia que el sueño).

dijous, 23 d’octubre del 2008

II - Viajero de Medianoche

Recuerdo que era un día (o lo que más se le pueda parecer) muy soleado: la luz parecía provenir de todos lados pero, por suerte, no era deslumbrante, más bien cálida.

Rodeados de esa áurea aura, entramos en la casa (que debía estar en medio del bosque o en medio de nada). Yo iba delante, seguido de Tito y, finalmente, el tipo que no tenía ni cara ni nombre cerraba la comitiva. No llevábamos ningún instrumento musical, pero sabíamos que habíamos ido hasta ahí para grabar nuestro disco.

Tras andar unos pasos, una vez dentro, llegamos a un pasillo donde había un montón de gente reunida: todos sentados en el suelo, unos de espalda a una de las paredes, otros de espalda a la pared de enfrente. Todos hombres, la mayoría melenudos, pero con el pelo cuidado y repeinado. Culebras del Rock, diría el Ciclón.

Sin decir nada (o sin saber que decir), nos sentamos a un lado, los tres de espaldas a la misma pared. Se corta la conversación (o reparo en el silencio reinante) y uno de los tipos se dirije a mí:

"Veniu a grabar? Per què no dieu res, doncs?"

Se queda sorprendido de nuestra timidez.

En ese mismo instante, Tito ve a una chica algo rellenita que viste de negro (una especie de camisón): se levanta, va hacia ella y le pregunta por ciertos Happy Meals...

"Oh, ahora no..." pienso.

Me levanto y voy a una de las habitaciones a las que se accede desde ese mismo pasillo, ahí está el Viajero de Medianoche, el hombre con el que veníamos a grabar. Tras una breve charla, nos ponemos a faenar... aunque me comenta dos cosas que no me acaban de convencer:

  1. La batería está grabada ya, tengo que tocar encima de la pista, solo.
  2. Entre canción y canción, el Viajero tocará unos punteos de guitarra. No recuerdo como los llama (seguramente se inventó la palabra) pero, según él, es algo que se hace en todos los discos.

"No creo que eso vaya a gustarle al resto de miembros de mi grupo..." comento.

Instintivamente, me asomo al pasillo y no hay nadie: no hay miembros en mi grupo.

dimarts, 21 d’octubre del 2008

I - Degolladero

El aula es terriblemente pequeña y oscura.

No parece haber ningún foco de luz, pero ello no supone un impedimento para poder ver en derredor.

La mirada está fija, atrapada, en un pupitre que destaca entre los demás (si es que hay algún otro pupitre en la habitación), el niño destaca entre el resto (si es que existe algún otro niño en el mundo). Es posible que yo esté sobre una especie de tarima, quizá sea el maestro, quizá simplemente me creo más adulto que el mocoso.

Él está nervioso y yo mucho más que él: ambos sabemos lo que esconde en el cajón de su pupitre y que podría utilizar en cualquier momento, si se exalta demasiado.

A través del gris ambiente, veo claramente como el muchacho empieza a sacar pastillas de nosedónde: son pequeñas, compuestas de diminutas briznas conglomeradas, marrones; no para de tragárselas una a una.

No le están sentando bien, desde mi punto de vista, y el chico empieza a arrastrar la mano por el oscuro cajón, en busca de lo que ambos sabemos que ahí esconde. No puedo permitirlo, así que saco mi cuchillo de sierra (de los pequeños, para cortar carne guisada) y lo acerco a su garganta.

Tajo.

El niño parece no inmutarse, más me duele a mí, y sigue arrastrando sus dedos cada vez más largos hacia el revólver cada vez más cercano. Ni sonríe ni llora; inexpresividad total.

Vuelvo a poner la hoja serrada contra su garganta, sobre la herida que acabo de abrir, y empujo con todas mis fuerzas la hoja hacia su nuca (a través de todo el grosor de su cuello). Noto como la hoja choca contra el hueso, o lo que sea que se resiste, y, viendo que el niño sigue impasible y en busca de la pistola, aprieto con más fuerza.

Al final, tras un chasquido parecido al de la rama seca que cruje bajo la bota, el niño ceja en su empeño.