En el autobús de la mañana, camino a la universidad, leía Billy Budd, marinero. Estaba suficientemente absorto con la lectura como para asimilar y relacionar cada una de las palabras pero no tanto como para obviar lo que se murmuraba a mi alrededor.
Había a mi lado un chico que vestía de sport, creo recordar que incluso llevaba una de esas fabulosas cintas en la frente para que el sudor no chorree hasta la cara, tenía el pelo larguito y a todas luces se llamaba Gilipollas.
De vez en cuando se giraba para hacer algún brillante comentario con su compañero invisible (para mí, espero que no para él) sentado detrás suyo. Yo hacía que no le escuchaba.
Cuando llegamos a nuestro común destino, me levanté y lo cogí por el cuello. No hice fuerza, tan solo le pellizque un poco, pero rápidamente aparté mis manos para adoptar una postura más civilizada. Empezaron a ocurrir muchas cosas, a oírse muchas voces y a cruzarse muchas miradas.
"¿Qué has dicho?".
"Nada...".
Mentía.
"Mientes, y mentir no está bien".
Automáticamente me desperté, como si me hubieran vaciado una taza de café caliente en la cara. Yo seguía intentando enderezar al graciosillo, cuando no lo amenazaba. Con sorprendente facilidad, pasé de pacifismo a violencia y viceversa casi tantas veces como palabras pronuncié.
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