Estábamos en mi casa, junto a la cama donde suelo dormir últimamente. Había muchas caras conocidas, aunque solo eramos tres, contándome a mí.
Recuerdo a Miqui, a T., a P., a Chiqui, ... También vi a un argentino y a un chico que llevaba la cabeza rapada, muy delgado, algo bajito.
Estábamos boquiabiertos, asomados al pequeño cuarto de baño que hay en la habitación de mis padres. La iluminación era perfecta, juraría que diurna, pero estoy seguro de que era de noche. Había algo que no acababa de cuadrarnos ahí adentro, y por eso no podíamos despegarnos del marco de la puerta, asombrados como estábamos.
Di un paso adelante, pero rápidamente retrocedí: a un costado del inodoro, en la brecha dejada por algún tipo de cobertor perdido (que dejaba entrever un extraño cableado), dos pulgones blancos, hinchados y palpitantes como enormes pústulas, se arrastraban.
Mis dos compañeros, en ese momento con las caras de P. y de Miqui, me miraron extrañados. Les señalé los dos asquerosos insectos reptantes y entendieron el porqué de mi reacción. Miqui aseguró haber visto algo parecido en alguna parte, en algún documental, en la televisión:
"Hacían telas de araña más en tres dimensiones que en plano, a diferencia de la mayoría de arañas. En el centro de estas redes esféricas dejaban una excreción rojiza que, según decía el narrador, era extremadamente dulce y suculenta. Los insectos y pequeños animales que se aventuraban en la maraña de telas para conseguir el trofeo quedaban atrapados y, como ocurre en las telas de araña, eran devorados. Mientras estos insectos se comían a su presa, no dejaban de chillar. Era realmente extraño, comían y chillaban."
Mi madre, o mi padre, nos llamó para cenar. Habían venido el padre del argentino y el padre del chico rapado (que, por cierto, era gris). Yo pedí un insecticida a mi madre, pero no me escuchó. De todos modos, pronto me olvidé de los insectos: para cenar había gnocchi, mi plato de pasta favorito.
Gnocchi hinchados y palpitantes como enormes pústulas.
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