dimarts, 21 d’octubre del 2008

I - Degolladero

El aula es terriblemente pequeña y oscura.

No parece haber ningún foco de luz, pero ello no supone un impedimento para poder ver en derredor.

La mirada está fija, atrapada, en un pupitre que destaca entre los demás (si es que hay algún otro pupitre en la habitación), el niño destaca entre el resto (si es que existe algún otro niño en el mundo). Es posible que yo esté sobre una especie de tarima, quizá sea el maestro, quizá simplemente me creo más adulto que el mocoso.

Él está nervioso y yo mucho más que él: ambos sabemos lo que esconde en el cajón de su pupitre y que podría utilizar en cualquier momento, si se exalta demasiado.

A través del gris ambiente, veo claramente como el muchacho empieza a sacar pastillas de nosedónde: son pequeñas, compuestas de diminutas briznas conglomeradas, marrones; no para de tragárselas una a una.

No le están sentando bien, desde mi punto de vista, y el chico empieza a arrastrar la mano por el oscuro cajón, en busca de lo que ambos sabemos que ahí esconde. No puedo permitirlo, así que saco mi cuchillo de sierra (de los pequeños, para cortar carne guisada) y lo acerco a su garganta.

Tajo.

El niño parece no inmutarse, más me duele a mí, y sigue arrastrando sus dedos cada vez más largos hacia el revólver cada vez más cercano. Ni sonríe ni llora; inexpresividad total.

Vuelvo a poner la hoja serrada contra su garganta, sobre la herida que acabo de abrir, y empujo con todas mis fuerzas la hoja hacia su nuca (a través de todo el grosor de su cuello). Noto como la hoja choca contra el hueso, o lo que sea que se resiste, y, viendo que el niño sigue impasible y en busca de la pistola, aprieto con más fuerza.

Al final, tras un chasquido parecido al de la rama seca que cruje bajo la bota, el niño ceja en su empeño.